Cuando la miró esta vez, la lágrima que cayó por su mejilla le dio valor suficiente.
“Perdona, creo que el búho que esperas no va a venir. El de las 3, me refiero. Son las 2.58, pero en dos minutos serán las 2 otra vez, y faltará una hora para que pase. ¿No te acordabas?”
No hubo respuesta. Decidió continuar.
“Es una hora regalada, fantasma, casi no existe. No me conoces y debes pensar que estoy loco, pero no tengo tiempo que perder. A esta noche le sobra una hora y yo te pido que me la des. Dámela y déjame serlo todo. Conocerte, hacerte reír, conquistarte... Déjame temblar al besarte por primera vez, acariciarte, enamorarme como un loco. Déjame mirarte a los ojos y decirte que te quiero, que siempre te he querido. Déjame nacer y morir en una hora. Te prometo que a las 2.58 estarás aquí y ese autobús te devolverá a tu mundo. Pero déjame regalarte el mío antes. Una hora con la que no contabas, es todo lo que te pido. ¿Qué dices?”
Esta vez, al mirarla, sintió que cada segundo valía su peso en oro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario