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domingo, 9 de noviembre de 2014

Todo lo que te pido

Cuando la miró esta vez, la lágrima que cayó por su mejilla le dio valor suficiente.

“Perdona, creo que el búho que esperas no va a venir. El de las 3, me refiero. Son las 2.58, pero en dos minutos serán las 2 otra vez, y faltará una hora para que pase. ¿No te acordabas?”

No hubo respuesta. Decidió continuar.

“Es una hora regalada, fantasma, casi no existe. No me conoces y debes pensar que estoy loco, pero no tengo tiempo que perder. A esta noche le sobra una hora y yo te pido que me la des. Dámela y déjame serlo todo. Conocerte, hacerte reír, conquistarte... Déjame temblar al besarte por primera vez, acariciarte, enamorarme como un loco. Déjame mirarte a los ojos y decirte que te quiero, que siempre te he querido. Déjame nacer y morir en una hora. Te prometo que a las 2.58 estarás aquí y ese autobús te devolverá a tu mundo. Pero déjame regalarte el mío antes. Una hora con la que no contabas, es todo lo que te pido. ¿Qué dices?”

Esta vez, al mirarla, sintió que cada segundo valía su peso en oro.

lunes, 31 de marzo de 2014

Cuéntame algo, lo que sea.

"- Cuéntame algo.
- ¿Algo? ¿como qué?
- Algo bonito.
- ¿Bonito como la típica historia de amor, que supera todas las adversidades habidas y por haber, y termina con un final feliz?
- No hombre, algo bonito de verdad. Como un atardecer en la playa, un cielo lleno de estrellas, un bebé sonriendo, o un helado de limón con cucurucho.
- Uf, después del helado de limón, muy difícil me lo pones...
- Vale, olvídalo.
- No te enfades.
- No me enfado.
- A ver, dame un momento que piense en algo bonito.
- No, déjalo. Tengo otra idea mucho mejor. 
- ¿Cuál?
- Hazme reír.
- ¿Que te haga reír? Pero chiquilla, ¿qué te pasa hoy?
- Nada, qué me va a pasar. Sólo quiero escuchar algo que me haga reír.
- ¿Y ya no hace falta que sea bonito?
- No, ya no hace falta.
- Pero antes sí.
- Sí, antes sí.
- ¿Y por qué antes sí y ya no?
- Pues porque hace un minuto necesitaba oír algo bonito, y ahora necesito que me hagas reír.
- Y si espero otro minuto, ¿me pedirás que te cuente algo triste?
- Nunca.
- Pero dejarás de querer que te haga reír.
- Tampoco.
- ¿Y cómo estás tan segura?
- ¿Cómo no voy a estarlo?
- En un minuto dejaste de necesitar escuchar algo bonito...
- Pero no es lo mismo.
- ¿Por qué no?
- Porque las cosas bonitas se gastan, pero la risa no.
- No te entiendo.
- Sí. Una cosa es bonita durante unos segundos. Luego tu cerebro se acostumbra a ella y al poco tiempo ya sólo te parece normal. Si piensas demasiado en ella, puede hasta que deje de gustarte. Sin embargo, yo nunca me canso de reírme.
- Pero la risa también dura unos segundos. Algo te hace gracia, te ríes, y se pasa. Se gasta igualmente.
- No es lo mismo.
- Eso ya lo has dicho.
- Es que no lo es.
- Sí lo es.
- No.
- Sí.
- Pues será que no lo es para mí. Será que las cosas que me hacen reír me dejan una huella más profunda que las que me parecen bonitas.
- Mira, en eso puedes tener razón. En lo de antes, no.
- No, claro. Tú ganas.
- Yo gano.
- Como siempre.
- Yo gano y tú sonríes. Así que gano dos veces.
- ¿Todo esto por una sonrisa?
- Todo por una sonrisa.
- ¿Y no habría sido más fácil contarme algo que me hiciese reír desde el principio?
- Y por qué iba yo a elegir la forma fácil... "

miércoles, 23 de octubre de 2013

La victoria

"Primero fue la ropa. Sacó todas las prendas del armario, las apiló cuidadosamente, y las distribuyó en cuatro bolsas de basura. Cuando arrojó la última al contenedor, sintió que una pequeña parte de su angustia se desvanecía. Animado por este descubrimiento, decidió hacer lo mismo con todos sus aparatos electrónicos, y tiró el móvil, el ordenador, la tele. Cuando ya no quedó ninguno, se sintió aún un poco mejor. Entonces continuó con los muebles, con las fotografías, con los libros. A medida que llenaba los contenedores de basura, su casa se vaciaba, y más se reafirmaba él en su decisión. Cuando no quedó nada en el piso, supo que estaba muy cerca de la victoria. Sólo quedaba asestar el golpe definitivo. Bajó a la calle, caminó hasta la alcantarilla más próxima, y tiró las tarjetas de crédito y el poco dinero que llevaba encima. Cogió el llavero, lo miró una última vez, y lo arrojó. Cuando un sonido metálico le indicó que sus llaves habían llegado al fondo, supo que se había terminado. Era libre. No más noches sin dormir pensando si el siguiente sería el día. Podían venir cuando quisiesen, él ya no tenía nada. Cuando le llegó aquel primer aviso, se juró a sí mismo que nunca le entregaría su casa a un banco. Echó a caminar. Quizá se la quedarían, pero ya no le importaba, ya no era suya. Él ya no podía perder nada. Había ganado."